Lucas 8:40–56 - Cuando parece “demasiado tarde”

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En Lucas 8:40–56, Jesús revela que cuando todo parece “ya perdido”, Él sigue siendo Rey. A través de una intercalación providencial, el texto nos enseña tres movimientos del alma ante Cristo: ROGAR (la bancarrota de la autosuficiencia, como Jairo a los pies del Señor), TOCAR (la fe pactual que se aferra a Cristo con la mano vacía, como la mujer que toca el kraspedon del manto), y OÍR (la obediencia de la fe que escucha al Rey por encima del diagnóstico: “No temas; cree solamente”). La frase humana “tu hija ha muerto” es verdad biológica, pero “no molestes más” es mentira teológica: Cristo no llega tarde; Cristo interrumpe para salvar. Su santidad es “ofensiva”: no se contamina con la impureza; la purifica. Su vida no teme a la muerte; la degrada a “sueño” para los suyos. Todo apunta al fundamento final: la Cruz, donde el Santo cargó nuestra impureza y entró en nuestra muerte para darnos limpieza, paz y vida. El cierre del año, entonces, no se vive bajo el credo del cinismo, sino bajo la voz del Rey y los medios de gracia: Palabra, oración y comunión.

Notes
Transcript
Buenos días, amados hermanos.
Hoy estamos a las puertas de un nuevo año. Se cierra un ciclo y comienza otro según nuestro calendario.
Y, por lo general, todos tenemos la buena costumbre de hacer un balance: detenernos un momento, hacer un barrido de la casa, del trabajo y del corazón, después de meses de rutina y velocidad. Es sano —casi necesario— porque todos sabemos lo que ocurre cuando miramos atrás: aparece una lista larga de asuntos pendientes, algunos urgentes y muchos verdaderamente importantes.
Durante el año la vida nos arrastra. Vamos corriendo entre responsabilidades, decisiones, afanes, labores, casa, iglesia… y, sin darnos cuenta, lo urgente va desplazando a lo importante.
Por eso estas pausas al final del año son un acto de cordura espiritual:
para mirar con honestidad,
agradecer con sobriedad,
corregir con humildad,
y volver a ordenar el corazón delante del Señor.
Para algunos, este ha sido un año de crecimiento, desafío y bendición. Para otros, ha sido un año difícil: marcado por pérdidas, enfermedad, conflictos en casa y fatiga ministerial.
Y como iglesia también hemos cargado dolores reales: hemos sufrido por caminos de apostasía; sentimos nostalgia por hermanos que se han ido a otros países por necesidad o providencia; y al comenzar el nuevo año sabemos que habrá sillas vacías que dolerán cada domingo.
Pero el peligro espiritual de estas semanas no es la tristeza en sí misma. El peligro es que el dolor empiece a escribir nuestra teología.
Hermanos, hay un predicador falso que intenta subir al púlpito de nuestra mente en estos días: el miedo. El riesgo es terminar creyendo —y viviendo— como si el cielo estuviera demasiado lejos y Dios demasiado ocupado; como si Cristo sirviera para acompañar, pero no para reinar; para consolar, pero no para intervenir; para “estar”, pero no para vencer.
Y en el pasaje que leeremos esta mañana, Lucas nos confronta con una frase que resume ese veneno. Es corta, sobria, “realista” a los ojos del mundo, pero devastadora para la fe. Se la dicen a un padre dejándolo con el alma rota:
«Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro» (v. 49).
Esa frase no es solo una mala noticia. Es una frase cargada de doctrina. Es la liturgia de la desesperanza.
Es la voz que te susurra al oído al cerrar este 2025: “Ya es tarde. Cristo llega hasta cierto punto, pero esto ya no tiene arreglo. No lo molestes más con tu matrimonio. No lo molestes más con tu hijo pródigo. No lo molestes más con tu enfermedad crónica. El tiempo se acabó para ti: ya no ores, ya no esperes”.
Ese es el evangelio falso del cinismo.
Pero el Espíritu Santo preservó este texto como medicina para el alma herida. Lucas, el médico amado, nos presenta aquí dos imposibles humanos —una enfermedad que desangra la vida por doce años, y una muerte que clausura toda esperanza— para darnos certeza divina: seguridad confiable de que Dios no improvisa, de que Cristo no llega tarde, y de que la fe verdadera no se alimenta de probabilidades humanas, sino de la Palabra del Rey.
Venimos siguiendo a Jesús en Lucas bajo el tema de “Un Mejor Éxodo”. Ya lo vimos gobernar las tormentas como Yahvé sobre las aguas. Ya lo vimos desembarcar en tierra impura y saquear la casa del hombre fuerte —los demonios—.
Y ahora Lucas nos muestra algo igual de ofensivo y glorioso: el Rey gobierna el tiempo, toca la impureza y entra donde reina la muerte.
Y aquí está la maravilla del evangelio: en vez de contaminarse con nuestra impureza o quedar derrotado por la muerte, Él nos purifica y nos da vida. Esto es Éxodo en su máxima expresión: Dios abriendo camino donde no lo hay, trayendo vida en el territorio donde el pecado dice: “aquí mando yo”.
Hoy veremos que cuando la vida se rompe y parece que Dios llega tarde, la fe verdadera no persigue tener el control: se aferra a la providencia de Cristo. La fe no es una fuerza mágica para manipular a Dios; es la mano vacía que se aferra al Salvador cuando todo lo demás colapsa.
Para que no nos perdamos en la multitud de esta historia, Lucas nos da un mapa del alma. Veremos tres movimientos de una fe en crisis:
ROGAR cuando no queda nada: la fe que se humilla y se rinde públicamente (Jairo).
TOCAR cuando uno se siente indigno: la fe que atraviesa la vergüenza y se aferra a Cristo (la mujer).
OÍR cuando todo parece perdido: la fe que descansa solamente en la Palabra de Jesús cuando la muerte habla más fuerte.
Hermanos, es mi oración que todos podamos entender al cerrar este año: que cuando el mundo dice “ya es tarde”, Cristo siempre nos responde: “No temas; cree solamente”.
Leamos el pasaje con reverencia… y pidamos ayuda.
(Lectura de Lucas 8:40–56)
Oremos: Señor, tu Palabra ha sido inspirada por tu Santo Espíritu —y no queremos tratarla como un adorno de fin de año. Baja al miedo del púlpito de nuestro corazón. Confronta nuestra desesperanza; consuela nuestra aflicción; y llévanos a Cristo, el gran Yo Soy que condescendió a tocar sangre, inmundicia y muerte para darnos vida eterna. Amén.
Antes de entrar en nuestro primer punto, necesitamos notar algo fascinante en la estructura del texto.
Lucas no nos cuenta dos historias separadas; nos presenta una historia dentro de otra. Los estudiosos lo llaman una “intercalación” narrativa: la historia de Jairo comienza, es interrumpida por la mujer del flujo de sangre, y luego —cuando ya parece demasiado tarde— vuelve a Jairo.
¿Por qué Lucas escribe así? No es por desorden. Es para que sintamos la tensión. Lucas quiere que experimentemos, incluso narrativamente, lo que significa vivir bajo la providencia de Dios cuando nuestra urgencia es máxima… y Cristo no se mueve al ritmo de nuestro pánico.
Piénsenlo con una imagen sencilla: la sala de urgencias.
Si usted llega a un hospital y hay dos pacientes —uno con una enfermedad crónica que lleva doce años desgastándose, y una niña que se está muriendo en ese instante— la lógica humana y la lógica del triaje gritan una sola cosa: “Corran con la que se muere”. La cronicidad puede esperar una hora más; la muerte no espera.
Eso es lo humano. Eso es lo lógico.
Pero aquí está el punto de quiebre del pasaje: Jesús no somete su reloj a nuestro triaje.
Él decide cuándo y cómo actuar, no por indiferencia, sino para revelar una gloria mayor y para formar una fe más profunda.
Hermanos, grábense esto: su demora no es olvido; es pedagogía. Su pausa no es ausencia; es misericordia soberana.
Y para entender esa misericordia, debemos empezar donde empieza la historia: antes de la interrupción, antes de la demora, con un hombre quebrado en el lugar correcto. Porque así comienza la fe verdadera cuando el control se nos cae de las manos.
Veamos nuestro primer punto:

I. ROGAR CUANDO NO QUEDA NADA (vv. 40–42)

El texto comienza con un regreso:
Lucas 8:40 NBLA
Cuando Jesús volvió, la multitud lo recibió con gozo, porque todos lo habían estado esperando.
Jesús vuelve del territorio gentil —de esa escena “anti-Edén” donde vimos al Rey entrar a lo impuro y someter a las tinieblas— y ahora pisa otra vez suelo judío, “religiosamente familiar”. Hay multitud, hay expectación, hay gozo.
Pero Lucas hace algo típico en su evangelio: Jesus no se queda entreteniendo la multitud; se mete en un hogar. Porque el evangelio siempre aterriza en nombres, en casas, en lágrimas concretas. Cristo no vino a entretener multitudes; vino a salvar personas.
Y allí aparece un hombre:
Lucas 8:41 NBLA
Entonces llegó un hombre llamado Jairo, que era un oficial de la sinagoga. Cayendo a los pies de Jesús, le rogaba que entrara a su casa;
El Espíritu Santo no nos da ese dato por que si. “Oficial de la sinagoga” significaba que Jairo no era un marginado, sino un hombre de peso público: 
supervisaba el orden del culto
administraba el espacio donde Israel se reunía alrededor de la Ley y,
era guardián de la vida comunitaria.
Jairo era el tipo de hombre al que otros acuden cuando sus hogares se rompen. Él está acostumbrado a tener respuesta, a tener control, a “saber qué hacer”.
Dicho de otro modo: un hombre que normalmente está de pie, pero que ahora termina en el piso.
Miren los verbos: “cayendo” describe una acción contundente; y “le rogaba” (en el original, una forma imperfectiva) pinta un ruego insistente, repetido, urgente. No es una solicitud educada, sino desesperada. Es el clamor de un hombre que ya no tiene títulos.
La fe empieza cuando se acaba la autosuficiencia.
¿Y por qué? Lucas nos lo dice sin anestesia:
Lucas 8:42 (NBLA)
“porque tenía una hija única, como de doce años, que estaba al borde de la muerte. Pero mientras Él iba, la muchedumbre lo apretaba.”
Aquí hay dos golpes.
Primero: “hija única”. Lucas usa la idea de lo irremplazable. Este no es un problema genérico; es el corazón de un padre desesperado. La muerte no está tocando la puerta de un vecino que debe aconsejar: está entrando en su propio hogar.
Segundo: “al borde de la muerte”. La urgencia es real. Hermano, cuando la muerte toca la puerta, todo lo demás se vuelve secundario. Por eso Jairo hace lo “impropio” para su estatus: se postra y ruega que Jesús vaya a su casa. Su estatus no va a comprar ni un minuto más de vida para su vida… Porque este ruego le va costar su estatus en una sociedad que rechazaría a Jesus hasta la muerte.
Y aquí está el primer gran movimiento del texto: ROGAR.
El alma de Jairo esta en bancarrota espiritual. El no tiene donde ir y lo sabe. De manera que acude al lugar correcto: se postra a los pies de Cristo.
El hombre que estaba acostumbrado a dirigir, ahora se rinde. El que guardaba las llaves de la sinagoga, ahora busca la puerta del cielo abierta en la misericordia del Mesías.
Ahora bien, Lucas no nos deja descansar en un final rápido. Cierra el versículo con una frase que nos prepara para la prueba:
“Pero mientras Él iba, la muchedumbre lo apretaba.”
Jesús irá con Jairo… pero el camino se vuelve asfixiante, lento, lleno de presión. Para el padre, cada segundo cuenta; para la multitud, es un día más de curiosidad y roce.
Y aquí el Espíritu ya está predicando: Cristo no se mueve al ritmo de nuestro pánico, pero sí se mueve al ritmo perfecto de su providencia. Su demora no es olvido; es pedagogía. Su paso no es indiferencia; es sabiduría soberana.
Aplicación:
Hermanos, al cerrar este año, no permitamos que el dolor escriba nuestra teología. La fe verdadera no comienza cuando “entendemos todo”; comienza cuando venimos sin nada, rendidos a los pies de Cristo. Cuando se nos cae el control, cuando queda expuesto el orgullo, cuando el “yo puedo” se queda sin argumentos, y solo queda la súplica: “Señor, si Tú no vienes a mi casa, no hay futuro”.
Jesús va caminando con Jairo. La esperanza del padre tiene una dirección clara: “a mi casa”. Pero Lucas nos muestra que el Salvador no solo rescata; también forma y fortalece la fe. Porque Cristo no se mueve al ritmo de nuestra ansiedad, sino al ritmo de su misericordia soberana.
Y justo en ese camino, cuando el corazón de Jairo va contando los segundos, aparece otra historia… dentro de la suya.
Veamos nuestro segundo punto:

II. TOCAR CUANDO UNO SE SIENTE INDIGNO (vv. 43–48)

Lucas cambia el foco: del hombre “visible” (Jairo, con nombre y cargo) a una mujer “invisible” (sin nombre, sin estatus, sin acceso). No es un giro sentimental; es la teología del Reino. Miren el versículo 43:
Mire el texto:
Lucas 8:43–44 NBLA
Y una mujer que había tenido un flujo de sangre por doce años y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, sin que nadie pudiera curarla, se acercó a Jesús por detrás y tocó el borde de Su manto, y al instante cesó el flujo de su sangre.
Aquí necesitamos ponernos los lentes de Levítico 15. Esta mujer no solo estaba enferma; estaba inmunda. Esa inmundicia (tum’ah) significaba que ella estaba ritualmente apartada. La Ley enseñaba que la muerte y su olor (la pérdida de vida) no pueden convivir con el Dios santo sin mediación.
Piense lo que significan doce años así: doce años sin un abrazo, doce años de exclusión, doce años de ser vista como un "riesgo" para los demás. Lucas añade una tragedia económica: “había gastado todo cuanto tenía”. No es solo bancarrota financiera; es bancarrota del alma. Ella ha agotado todos sus recursos, todas sus estrategias… y la hemorragia sigue ahí.
Y en ese punto, la mujer hace algo que el corazón religioso detesta: se acerca. No exige. No toma micrófono. No pide audiencia. Viene por detrás, como quien no quiere ser vista, y toca “el borde” del manto.
Hermanos, ese “borde” no era una costura cualquiera. En la Torá, Dios mandó a Israel poner flecos en los bordes de sus mantos (Nm 15:37–41; Dt 22:12). Era un recordatorio visible: “perteneces al pacto; vive bajo mi Palabra”. Y en el Antiguo Testamento esa misma imagen funciona también como lenguaje de cobertura redentora. Cuando Rut le dice a Booz: “extiende el borde de tu manto sobre tu sierva” (Rut 3:9), no está pidiendo tela; está pidiendo: “cúbreme, redímeme”. Los profetas sembraron esperanza con el mismo lenguaje: sanidad en las “alas/bordes” del Sol de justicia (Mal 4:2) y las naciones tomando del “borde” diciendo: “Dios está con vosotros” (Zac 8:23).
Dicho de otro modo: la mujer no está creyendo en una técnica (“si hago X, obtengo Y”), sino en una Persona. Su acto no es superstición mecánica; es fe (pistis) dirigida a Cristo como el cumplimiento de lo que ese “borde” representaba: pertenencia pactual, obediencia, y —sobre todo— la esperanza de que Dios provee mediación para acercar al impuro sin negar su santidad.
Y aquí está el punto teológico: en la lógica levítica, lo impuro contamina lo puro. Pero Jesús es la Realidad a la que apuntaban las sombras. Cuando ella lo toca, Jesús no se contagia de inmundicia; ella recibe limpieza. La santidad de Cristo no es frágil; es victoriosa.
Jesús detiene la marcha y pregunta: “¿Quién me ha tocado?” Note la tensión: Jairo está pensando en su hija que se muere; Jesús está tratando con una mujer que acaba de ser restaurada. Jesús la saca de la sombra no para avergonzarla, sino para reintegrarla. Si ella se iba en secreto, quedaba curada, pero seguiría socialmente marcada. Cristo no solo detiene la sangre; devuelve identidad y paz.
Por eso le dice:
Lucas 8:48 NBLA
Y Él le dijo: «Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz».
“Hija” no es un adorno emocional: es lenguaje de pertenencia. “Salvar” (sōzō) aquí es más que “mejorar síntomas”: es restauración integral, con eco de salvación. Cristo le devuelve un lugar entre el pueblo de Dios. La envía con shalom: paz de reconciliación y reintegración.
Mientras Jairo espera que Jesús rescate a su niña, Jesús le está mostrando que su autoridad no se limita a lo “presentable”. Él rescata lo que lleva años marcado por impureza y exclusión. Y esa lección era necesaria, porque lo que viene exige una fe más grande que “Jesús puede curar”: exige la fe que cree que Jesús puede vencer la muerte.

Aplicación:

Quizás hoy tú te sientes como esta mujer. Has gastado fuerzas, años y recursos intentando “curar” tu culpa, tu vacío, tu pecado, tu vergüenza. Piensas que no eres digno, que si te acercas a Cristo lo vas a “ensuciar”. Escucha esto con sobriedad: Cristo no se contamina con tu impureza; Él la vence. No necesitas una fe perfecta para tocarlo; necesitas reconocer que estás en bancarrota y que solo Él puede restaurarte.
Y ahora Lucas aprieta el nudo: mientras Jesús llama “Hija” a esta mujer… la hija de Jairo muere. La muerte pretende predicar el último sermón. Pasemos al tercer punto: cuando la providencia parece dura y la voz del mundo dice: “ya es tarde”.

III. OÍR CUANDO TODO PARECE PERDIDO (vv. 49–56)

Lucas vuelve al “hilo” de Jairo, pero lo hace cuando ya parece imposible. Mire el versículo 49:
Lucas 8:49 NBLA
Mientras Jesús estaba todavía hablando, vino* alguien de la casa de Jairo, oficial de la sinagoga, diciendo: «Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro».
Ese mensajero no solo trae información; trae una conclusión teológica: “ya no vale la pena”. En el griego, “ha muerto” aparece como un hecho consumado. Para el mundo, la muerte no es solo un evento: es el punto final. Por eso viene la segunda frase: “no molestes más”. Es la lógica del cinismo: Cristo puede ayudar hasta cierto punto… pero aquí no.
Pero el texto inmediatamente pone otra voz por encima:
Lucas 8:50 NBLA
Pero cuando Jesús lo oyó, le respondió: «No temas; cree solamente, y ella será sanada».
Noten el orden. Jesús no empieza con una explicación; empieza con dos imperativos:
“No temas”: deja de permitir que el miedo gobierne la interpretación de la realidad.
“Cree solamente”: no significa “haz un salto al vacío”; significa “apóyate enteramente en mi palabra” cuando no tienes nada visible que te sostenga.
Aquí está el nervio del pasaje: la fe bíblica no niega los hechos; niega que los hechos tengan autoridad final sobre Cristo.
La niña está muerta. Eso es real.
Lo que no es real es la doctrina: “ya no molestes”
Llegan a la casa y Lucas describe el ambiente:
Lucas 8:51–53 NBLA
Al llegar Jesús a la casa, no permitió que nadie entrara con Él sino solo Pedro, Juan y Jacobo, y el padre y la madre de la muchacha. Todos la lloraban y se lamentaban; pero Él dijo: «No lloren, porque no ha muerto, sino que duerme». Y se burlaban de Él, sabiendo que ella había muerto.
Cuando Jesús dice “duerme”, no está negando la muerte biológica. Está redefiniendo la muerte desde la perspectiva del reino. En la Escritura, “dormir” llega a ser lenguaje común para la muerte del creyente, porque la muerte ya no es juez absoluto: es un enemigo derrotado y temporal.
Dicho de otro modo: bajo su autoridad, la muerte no es un “fin”, sino una condición reversible. Él tiene el “despertador” en su mano.
Por eso echa fuera a los burladores. La incredulidad no es neutral: se ríe de la Palabra del Rey. Y entonces Lucas nos lleva al acto central:
Lucas 8:54–55 NBLA
Pero Él, tomándola de la mano, clamó, diciendo: «¡Niña, levántate!». Entonces le volvió a ella su espíritu y se levantó al instante……
Aquí vuelve el tema levítico, pero ahora en su forma más aguda. En Números 19, tocar un cadáver contaminaba. Jesús toca a una niña muerta. Si esto fuera “solo” un rabino, quedaría impuro. Pero Jesús no es un hombre intentando mantenerse limpio: Jesús es el Santo que produce limpieza. De nuevo, el “contagio” se invierte: la vida no se contamina; la vida vence. La muerte no “mancha” a Cristo; Cristo expulsa a la muerte.
¿Y con qué autoridad puede hacer esto? La respuesta final no está en la casa de Jairo; está en el Calvario. Jesús puede tocar impureza y muerte sin ser vencido porque Él mismo entraría voluntariamente en lo que nos condena: cargaría nuestra culpa.
En la cruz, el Santo se hizo pecado por nosotros y llevó la maldición que nos correspondía (2 Co 5:21; Gá 3:13). Probó el abandono que merecíamos para que nosotros jamás volvamos a oír “no molestes más”, sino que tengamos acceso permanente al Trono de la Gracia (He 4).
Este milagro es una señal. La hija de Jairo volvió a morir años después. Pero la señal garantiza la realidad final: un día Cristo volverá y la muerte será tragada en victoria. Para el cristiano, la muerte ya no es un muro; es un sueño del que despertaremos a su voz.
Y Lucas añade un detalle pastoral precioso:
Lucas 8:55 (NBLA)
“…y mandó que le dieran de comer.”
El Señor de la resurrección también gobierna lo ordinario. No solo devuelve el aliento; restaura la mesa, la familia, la cotidianidad. La salvación de Cristo no es abstracta: rehumaniza.

Aplicación

Hermanos, este punto nos entrena para los momentos donde solo queda oír. Cuando llega el mensajero —el diagnóstico, el fracaso, la noticia, la pérdida— la tentación es aceptar la frase: “no molestes más”.
Pero Jesús dice lo contrario: “No temas; cree solamente.” La fe, en su forma más realista, es decidir qué voz gobierna el alma: la del miedo o la del Rey.
Y esto también ordena nuestra expectativa: Cristo puede sanar y puede levantar, sí; pero incluso cuando no lo hace en el tiempo que quisiéramos, el texto nos enseña algo inamovible: Cristo no llega tarde. Su demora no es descuido; es providencia. Y su victoria final sobre la muerte no es negociable: viene asegurada por su resurrección.
Hermanos, Lucas nos ha dejado frente al Rey que despierta a los muertos... ahora, ¿cómo salimos de aquí hacia el 2026?

Conclusión:

Al cerrar este 2025, Lucas nos deja con una escena imposible de olvidar: un mensajero predicando desesperanza y un Rey predicando vida.
Hermanos, hoy mismo, dos voces compiten por el gobierno de nuestro corazón.
La primera voz suena sensata y “realista” según el mundo: «Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro». Esa frase parece información, pero es doctrina. Es el evangelio alterno del cinismo que nos dice: “hay límites, hay puntos sin retorno, hay lugares donde Cristo ya no entra”.
La segunda voz suena con autoridad divina: «No temas; cree solamente». No es una invitación a negar la realidad, sino a someter la realidad a la Palabra del Rey.
A través de este “sándwich” de milagros, Lucas nos ha enseñado la batalla del alma con tres verbos teológicos:
ROGAR cuando ya no queda nada (humildad).
TOCAR cuando uno se siente indigno (gracia).
OÍR cuando todo parece perdido (soberanía).
¿Qué voz ha estado predicando en tu mente este fin de año? ¿La voz que dice “ya es tarde”, o la voz que dice “no temas”?
El evangelio no es que tú llegas limpio y fuerte para ser atendido. El evangelio es que Cristo condescendió a entrar al territorio donde tú no puedes entrar sin morir: la impureza y la muerte. Él tocó lo inmundo, tomó la mano del cadáver y habló como Rey.
Y esto apunta más lejos: apunta al Calvario, donde el Santo cargó nuestra culpa: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado». Apunta a la tumba vacía, donde la muerte perdió su derecho de reclamo sobre su pueblo.
Para entrar al 2026 sin que el miedo escriba nuestra teología, caminemos por los medios de gracia que Él nos dejó:
Abre la Palabra con hambre: no para acumular datos, sino para someter tu alma al Rey.
Ora con honestidad: no como quien “molesta”, sino como hijo que sabe que su Padre le oye.
Busca la comunión: no como un accesorio social, sino como pacto vivido. Cristo reintegra a su pueblo, no lo deja aislado.
Entremos al nuevo año con este texto clavado en el corazón: cuando el mundo diga “ya es tarde”, el Rey todavía nos dice: “No temas; cree solamente”.
A los quebrados: vengan y toquen el borde de su manto. No necesitan ser fuertes; necesitan venir. Cristo no se contamina contigo: Él te limpia, y te da nombre de familia: hijo/hija.
A los que esperan: la demora no es abandono. La providencia está tejiendo algo mayor de lo que hoy puedes ver.
A los que lloran: el llanto dura una noche, pero la mañana viene. La muerte no tiene la última palabra; Cristo la tiene.
Entremos al 2026 no con nuestras fuerzas, sino tomados de la mano de Aquel que purifica al inmundo y despierta a los muertos. Él mandó que se les diera de comer. Que su vida sea nuestra vida.
Oremos.
Padre eterno, Señor de los tiempos: confesamos que a veces el miedo nos predica más fuerte que tu Palabra. Perdónanos por vivir como si fuera “demasiado tarde” para Ti. Gracias por Cristo, el Santo que nos toca y nos limpia. En este fin de año, silencia el cinismo en nuestro corazón y danos fe sencilla, obediente, perseverante. Sostén a tu iglesia, consuela a los que lloran, levanta a los cansados y aliméntanos con Tu vida. En el nombre de Jesús, quien vive y reina por los siglos. Amén.
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